Un callejón sin salida

 

Texto: Analía Villalba
Foto: Gentileza

Eran alrededor de las 10:30 de la noche cuando salí de la Facultad. Habitualmente, no salía tan tarde, pero ese día me quedé a hacer tiempo extra en un Taller de Expresión Oral.

Mis padres siempre me advertían que tratara, en lo posible, de no salir tan tarde por el “toque de queda”. Mi mamá me contaba lo angustiada que se sentía cada vez que no me veía en casa para los 10 de la noche y, aunque sabía lo riesgoso que era, la tranquilizaba diciéndole que yo me sé cuidar, que esté bien.

Las calles ya estaban prácticamente desiertas, miraba a través de la tenue luz de los faroles buscando alguna silueta sospechosa, pero no encontraba ninguna, hasta el momento.

Para cuando llegué a la parada de ómnibus, divisé un auto policial como a tres cuadras: el hombre mayor y la mujer que estaban esperando conmigo se tensaron de inmediato y entre los tres compartimos miradas de preocupación.

Entramos en alerta cuando vimos que se acercaba a nosotros lentamente; la mujer tomó sus bolsas llenas de verduras y frutas, y se escondió detrás de la pared de un edificio comercial. El hombre, que debió haber tenido como unos 60 años, me dijo, con un tono casi paternal:

– «Mi hija, no tenés que estar por la calle tan tarde. Andá con la señora, yo me quedo acá hasta que se vayan».

Yo sólo logré asentir brevemente y fui con la mujer, de unos 40 años, que se encontraba con los ojos abiertos como platos mirando a la calle con desespero.

– «No se preocupe, señora, seguro sólo están en un recorrido de rutina. Nosotros no estamos haciendo nada malo. El señor se quedó a hacer guardia por nosotras», dije.

La mujer me dio una sonrisa pequeña que se borró inmediatamente cuando escuchamos cómo los policías se bajaban del vehículo y comenzaban a cuestionar al señor…

Sólo habían pasado algunos minutos cuando las voces comenzaron a alzarse y volverse amenazantes, el hombre también comenzó a contestarles con más urgencia.

Hice un intento por salir a ayudarlo, pero la mujer me tomó del antebrazo y negó con su cabeza. Quise soltarme de su agarre e ir de todas formas, pero el miedo hizo que me congelara en mi lugar.

Escuchamos forcejeos y discusiones por un tiempo que pareció eterno y, al final, solo oímos el golpe seco del cuerpo del hombre golpeando el suelo y luego el golpe seco de su cuerpo golpeando el interior del automóvil.

Tragué con dificultad mi saliva y parpadeé velozmente, en un intento por no derramar mis lágrimas. La mujer cerró los ojos y apretó entre sus dedos el rosario de plata que traía colgando de su cuello.

Se lo habían llevado y no iba a regresar.

 

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