Las cuevas y los ladrones

Texto: Santiago Caballero
Foto: Lía Fleitas

La asociación de las cuevas con los ladrones es algo que nos viene de lejos a la imaginación. Alí Babá es un referente siempre importante en el tema. Pero, si me permitís, yo tengo una versión un poco más actualizada y, tal vez, como el original, con enseñanzas ambiguas.

Un anciano amigo republicano, siempre admirador de Stroessner, me cuenta que allá por los cincuenta del siglo pasado, en los primeros años de su reinado, el General se encontraba preocupado porque en las zonas de Paraguarí, uno de los departamentos del país, abundaban, campeaban los abigeos. Robaban las vacas, toros y terneros de los pobres, de las viudas y con igual avidez los de los grandes estancieros de la zona. No daban sosiego a unos y a otros. Cometían sus tropelías y se refugiaban, tranquilamente, en las cuevas de los muchos cerros, cordilleras, de la zona. Entonces al Karai Guazú, al Gran Señor, se le ocurrió una idea genial. Ordenó a la aviación bombardear los cerros y las cordilleras.  En vastas zonas el estruendo fue tal que los escondidos en las cavernas huían despavoridos mientras otros se entregaban a los gendarmes que estaban tras ellos. Dice mi informante, no hubo datos de muertos o heridos. Pero sí, que aquello fue el fin del abigeato en la zona.

Entenderás que ni en broma puse en duda lo narrado por mi anciano amigo. Más aún, creo que vale la pena celebrar la idea y el resultado de poner fin a un quebranto de muchos. Sin embargo, al paso del tiempo fui testigo, y como yo cientos, del resurgimiento del abigeato en la zona mencionada, así como en otras partes del país. Pero, también es cierto, con medios y maneras renovadas, mejoradas. Por ejemplo, lejos quedaron las cuevas y su hospitalidad a los ladrones. Están en desuso. Ahora los abigeos ganan elecciones municipales, departamentales e incluso nacionales mediante las que una de sus atribuciones no escritas ni proclamadas es la de apropiarse de las tierras, de los ganados de sus contrincantes o de los débiles. Con la mayor de las tranquilidades el abigeato sigue en las campiñas de mi pueblo y de los alrededores.

Entonces, la conclusión es idéntica a la de Alí Babá. A este señor la justicia no solo no le reclamó los bienes apropiados a los ladrones sino que le permitió repartirlo a su gusto a los amigos y vecinos. O sea, una discutible manera de congraciarse con sus iguales y de esta forma ganar en poder. Aquí y ahora tampoco la justicia se hace cargo de lo robado, no exige la devolución de lo apropiado. Por eso, igual que antes, los saqueadores gozan de lo ajeno y se valen de ello para perpetuarse en las distintas instancias del poder.

Coincidirás conmigo que hay cuentos que se parecen mucho a la realidad, a los pesares, los sufrimientos de la gente. Por eso es muy saludable escuchar a los ancianos, respetar, valorar sus recuerdos. Pero, además, leer más allá de las anécdotas, de los cuentos, y leer la vida misma. Esto es, poner en práctica a Paulo Freire, el grande.

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