UNA NENITA LLORA A LAS MAÑANAS

Nota: Santiago Caballero
Fotos: ilustración

Todas las mañanas, muy de mañana, pasa frente a mi casa una niñita de no más de dos años que llora y llora. Cuando mi esposa y yo saboreamos el humeante mate, admiramos las primeras luces del día, sentimos la alegría de vivir,  entonces ella pasa, pasito a pasito, y llora y llora. Va detrás de la mamá; la mamá lleva otra nena más pequeña en brazos. La mamá la anima y sigue. Pero ella, sin motivo aparente, llora y llora a la par de sus pasitos cansinos. En medio del silencio de la calle, sus llantos, débiles pero continuos, retumban en las murallas, en los portones. De vez en cuando la mamá se detiene y la anima a seguir, seguir, seguir.

¿Por qué llora la nenita, hoy como todas las mañanas? La mamá no responde, sonríe a medias como diciendo qué les importa o para qué quieren saberlo? La pequeña caravanita sigue adelante como en un surco que abre pasito a pasito el llanto de la pequeña. No hay respuesta finalmente. Pero alguien responde en el silencio. A la joven, la soledad  puso en su camino y en sus brazos dos niñas y ya. ¿Dónde está el papá o dónde están los papás? Porque puede ser uno o dos. Puede estar en la cama  donde corresponde al varón de la casa a estas horas. Debe apaciguar la resaca medianochera; debe tomar fuerza para la cerveceada de la siguiente noche. Total, hoy como todos los días no hay luego trabajo, ni nadie que lo contrate aunque nomás fuese una changa. Pero para eso estoy yo, tengo un conchavo donde me aceptan con las nenas, claro que me descuentan sus comidas porque son muy considerados cuando ya nadie me aceptaba con las dos criaturas. No sé qué va a ser de mí si tengo otra criatura más.

Allá, lejos, van caminando la mamá con la nenita en brazos y la otra nenita con los llantos casi ya imperceptibles pero cuyos  murmullos   horadan nuestros corazones. La nenita del llanto mañanero dice aquí estoy con toda mi soledad de ahora y de mañana, de la siguiente mañana, de todas las mañanas. Soy la  segundona de hoy y de siempre, sólo me queda llorar ahora que puedo, después es posible que los zapatillazos y las ramas del arasá me enseñarán que basta y basta. Aprenderé en días más nomás a lavar pañales, platos, polleras, pocillos. Seré una precoz experta en barrer, en dejar brillosas las baldosas, en planchar los pantalones, ¿de quién? de mis hermanos, de mis padrastros, del que me llevó al baldío una tardecita o del que entró furtivamente a mi cama cuando mamá fue a trabajar. Pero, ves, ahora ya no lloro. Pienso en el llanto dejado en las calles, a las mañanas, cuando pasito a pasito acompañaba a mi mamá y a mi hermanita. Pienso y me digo qué gusto daba cuando lloraba y lloraba a la par  de mis pasos que se resistían pero seguían nomás.

Ya no escuchamos el llanto de la nena. Se perdió con los trinos de los pájaros, felices en las ramas de la imponente planta de mango del vecino y de los ladridos de los perros. Seguimos nosotros, la patrona y yo, con el mate mañanero. Pero un mate  amargo como ningún otro día.

Tacumbú, 13 de octubre de 2017

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