La paciencia ardiente

Por Santiago Caballero
Foto: Belén Brítez

En el año 1971, del siglo pasado, el gran poeta  Pablo Neruda recibió el Premio Novel de Literatura; así se constituyó  en el segundo chileno en obtener el más importante galardón de las letras, la primera fue Gabriela Mistral. Ambos, glorias de Chile, de la literatura castellana, de las letras universales. En el discurso de agradecimiento, Neruda citó esta frase del gran poeta francés Rimbaud: “Armados de una paciencia ardiente, conquistaremos las ciudades de mañana”.

¡Grande Neruda, que revive los ideales de otro grande! Me impacta, en primer lugar, que los grandes, desde cualquiera de los quehaceres humanos, tengan claro la única utopía por la que todos, grandes y pequeños, debiéramos empeñarnos, esforzarnos: vivir como hermanos. Para ello, ante todo, nadie, nadie, nadie, debiera permitir y permitirse vivir en una ciudad, en una aldea, en una compañía, donde no se garanticen las condiciones para vivir como personas humanas, como comunidad humana.

El trabajo digno, bien remunerado, que garantice un buen pasar para uno mismo y para su familia. Un techo confortable, con todas las comodidades para garantizar la salud, con un ambiente libre de contaminaciones tanto ambientales como producidas por excesos en los sonidos; unas rutas y unas calles bien planificadas, bien cuidadas, bien señalizadas. Con los servicios de salud, de educación, al alcance de todos, donde los ciudadanos de todas las generaciones aprendan lo esencial de la vida como  es el respeto a sus derechos y a los de los otros. Donde la solidaridad sea un valor inherente a la condición humana y por la que nadie se apropie de nada, ni de los otros, en su propio beneficio.

Te confieso que me impacta profundamente lo de la paciencia ardiente de Rimbaud. Y entiendo por qué lo citó Pablo Neruda. Cuando los medios de comunicación me enumeran los muertos en accidentes ruteros durante la Semana Santa (¡qué contra-dicción!), cuando me ensartan los asesinatos en las casas, en las familias, cuando me cuentan los últimos suicidios, los asaltos, los robos, los cargamentos de drogas “incautados”, no me queda sino espantarme, como vos, y cuestionarme lo poco que hice y lo mucho por hacer que nos queda a vos, a mí, a cuántos queremos vivir en una ciudad diferente, en un país civilizado y cristiano.

Todavía se me hiela la sangre al rememorar el asesinato en poder de la policía de Rodrigo Quintana. No puedo dejar de unir su nombre a los de Santiago Leguizamón, Mario Schaerer Prono, Manfred Stard, sólo por tocarme muy de cerca desde la Universidad Católica. Son los jóvenes mártires cuya sangre aún clama justicia para que crezca la simiente de un Paraguay más justo, inclusivo, fraterno.

Pero la paciencia de los grandes, como Rimbaud y Neruda, es una paciencia ardiente. Es un fuego que enciende los corazones, las voluntades y los proyecta a una acción permanente, continua, sin retrocesos, sin mirar hacia atrás. Es una paciencia que se nutre en la solidaridad, en la minga, en el jopoi. Donde todos, sin distinciones, hagamos realidad el ideal de compartir, de unirnos para construir a pesar de las divisiones, de las mentiras, de las falsas promesas.

La paciencia ardiente llama a nuestras puertas. Te invito a que no la dejes pasar en vano. Te pido que me lo recuerdes a mí todos los días, todas las horas.

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