El dinero público, manía de muchos.

NOTA REALIZADA POR: CLAUDIA RIOS
FOTOS: GENTILEZA

Hugo Velázquez, titular de la Cámara de Diputados y Horacio Cartes, presidente del Paraguay.

Hugo Velázquez, titular de la Cámara de Diputados y Horacio Cartes, presidente del Paraguay.

 

La familia Velázquez, la del presidente de la Cámara de Diputados e íntimo amigo del Primer Mandatario Horacio Cartes, recibe más de G. 200 millones mensuales por parte de la sociedad paraguaya. El dinero proviene del Estado, el mismo que alega no poder invertir en educación ni en salud. Hugo Velázquez es la cabeza de la entidad que acaba de aprobar una ampliación presupuestaria que otorgará un tercer aguinaldo a sus funcionarios; es el que cobra G 37.076.740 mensualmente y el que se aseguró de que su exesposa, dos hermanas, dos hijos, dos sobrinos y los hijos de su actual pareja -más la esposa de uno de ellos- perciban aunque sea una parte de lo que él recibe. En total son 13 los miembros de la familia que tienen como misión desangrar al Estado a expensas del pueblo.

La indignación sirve como hilo conductor del cambio social. En el Paraguay nunca ha habido escasez de indignación, pero debe existir un punto de quiebre para que ciertas situaciones nunca vuelvan a ocurrir. Primero salió a la luz el caso de Víctor Bogado y su “niñera de oro”, luego vinieron Ibáñez y los caseros de su quinta, a éste le siguió Froilán Peralta y en ese momento parecía que la gente no iba a dejarse engañar de nuevo. Pero sin descanso y uno a uno, los casos de despilfarro del Estado siguieron apareciendo; dentro del TSJE, en el MOPC con funcionarios que iban al gimnasio durante el horario laboral y ahora con el clan Velázquez, que están esparcidos en la ANDE, Itaipú, el Fondo Ganadero, el BNF, el TSJE y por supuesto, en la Cámara de Diputados.

Pareciera que en el momento que uno cruza el umbral de un edificio estatal, se generan dentro de su mente unas ganas insaciables de hacerse con el dinero público. Estas personas están completamente alienadas del entorno que les rodea, sus altos sueldos del Estado les ciegan y blindan ante cualquier realidad que quiera asomarse por la ventana. La función pública -que debería hacer lo que su nombre indica, funcionar- está más ocupada en la repartija de los bienes del pueblo que en cumplir con su labor; ha sido completamente contaminada por la codicia de estos funcionarios y su desprecio a la sociedad que los vio nacer, los educó y los llamó suyos. Pero quizás todo se reduzca, eternamente, a la educación. Después de todo, este fenómeno de derroche recae en la formación ciudadana, por lo que se ha convertido en un círculo vicioso que aparenta ser indestructible.

Es la educación pobre la que genera una clase social mediocre que solamente ve como solución a sus problemas convertirse en funcionario público. La lógica parece ser: unirse al mal que los hizo miserables desde un principio, el mal de un Estado que aplasta, roba y defrauda. ¿Cómo no aspirar a pertenecer a la función pública si se presenta como la única fuente fácil y segura de ingreso? Claro, es el mismo ingreso seguro que desangra a la nación, pero seguro al fin y al cabo.

Velázquez logró posicionar a su familia en varias oficinas públicas en un lapso de casi 8 años. Estos casos de corrupción ya no pueden quedar impunes, no se debe permitir que estas personas pasen desapercibidas y que solamente pierdan su anonimidad gracias a publicaciones periodísticas sobre sus excesos. Una vez más, se debe exigir la transparencia, ejercitar la conciencia social y entender al Estado como herramienta para construir una sociedad mejor y no como la olla de oro al final del arco iris. Esto solo se logra con una educación de calidad y cívica, que forme clases sociales comprometidas con el avance del país.

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