Ser de otro mundo

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Nota: Rossana Gómez *
Foto: Ana Martínez-Prantte**

En los últimos años mantuve una relación muy conflictiva con las redes sociales y en general con la tecnología. Una especie de rebeldía íntima porque se me habían metido en la cama y en la mesa sin que yo creyera necesitarlas. Demás está decir que también se me embutieron en el bolsillo gracias a una considerable inversión en el consumo de nuevos aparatos al tiempo que la generación de ingresos propios disminuía, lo que parecía iba a marcar una tendencia en mi vida laboral. Y es que yo aprendí a ser periodista en una sala de la Facultad de Comunicación de la Universidad Católica con una máquina de escribir a finales de los años ochenta.
De ahí que, cuando la tecnología me llegó, solo la percibí como un problema. Recuerdo, por ejemplo, que cuando al fin aparecieron las computadoras en el diario en el que trabajé, a cada tanto se escuchaba desde algún punto de la sala de redacción: “se colgó la computadora”, entre visos de rabia y resignación. Porque claro, esto pasaba en el momento justo en el que faltaba una línea para entregar el material por el que el editor estaba reclamando desde hacía unos interminables 10 minutos y, ante lo único que cabía hacer, según las recomendaciones del informático (toda una profesión en ese entonces, por cierto) era “apagar y aprender” ¡Pobre del que no había guardado! Desde ese entonces asumí que mi vida digital sería difícil.
Hace unos días, leyendo en pantalla un libro solo disponible en línea sentí la misma frustración. Soy una persona esencialmente analógica. Lo que se vuelve personalmente mucho más complejo y políticamente poco correcto porque mi campo laboral sigue siendo el de la comunicación. Cuando las pestañas se me cerraban y mi concentración cedía ante la cancina lectura en la computadora, confirmé mi peor sospecha: estoy incapacitada para evolucionar al ritmo vertiginoso de esta “sociedad informacional” (Castells). Tal vez en serio era un problema de evolución y yo pertenecía a un grupo que aún no había adecuado sus genes y fisiología a la pantalla táctil y la fotografía instantánea.
Por un tiempo me convencí que lo mío era la escritura lenta y la reflexión pausada, como si la vida todavía corriera a ese ritmo. Eso, en paralelo al impulso irreflexivo por aprender a usar Twitter e Instagram y no perderme de nada de lo que ocurriera en el mundo (y en la vida de mis afectos). Un día tomé conciencia de cuanto se habían transformado mis hábitos: prácticas como levantarme, encender la radio e ir leyendo el diario al tiempo que preparaba el café habían sido sustituidas por actividades sincrónicas: levantarme, desconectar el celular de su cargador y pasar revista a Facebook y Twitter antes de ir a preparar el café, durante y después.
Aparte, tengo otra condición que radicaliza mi esquizofrenia virtual: habito varios territorios al mismo tiempo. Vivo en un sitio, pero estoy conectada permanentemente al espacio de mi origen y a otros lugares en los que he vivido o a los que me conecto a través de apegos y redes. Mi no lugar está poblado de rincones imaginarios y reales. Y solo lo logro gracias a la tecnología y las redes sociales. Amor y odio a tutiplé.
Puedo estar informada de lo que ocurre en Argentina viviendo en el Caribe y tratar de entender porque en ese país una migrante blanca y de pelo lacio es tildada de negra como insulto feroz (de lo que me enteré por wasap, por cierto), cuando desde mi experiencia en la urbanidad caribeña el problema del racismo tiene su síntoma real precisamente en el color de la piel. Por este lado del mundo, a las niñas no les dejan ir al colegio si no se alisan el pelo y las personas han aprendido a separarse en grupos según la degradación del color de su piel: moreno, mulato, zambo, blanquito, amarillo, indio, negro. Sin alcanzar a comprender lo que me parece paradójico de dos realidades distantes conectadas a través de mi celular, busco sentirme parte de mi país, el Paraguay de afuera, que me digo a mí misma que habito y, entonces, leo diarios, wasapeo y posteo en Facebook y Twitter para decir (o sentir) que de alguna manera sigo “estando”. Todo en simultáneo.
Soy parte de una veintena (y sé que es poco) de grupos de wasap. Algunos académicos y profesionales integrados por personas a las que no veo nunca. Pero me mantengo informada y participo, a veces, de arduos debates en organizaciones políticas que transformaron su espacio, hora y lugar de asamblea a una vista en el chat y un lugar en el Smart phone, en una interacción amoldable a la disponibilidad y el silencio de quienes integran el grupo. Los últimos almuerzos con mis hijos adolescentes se había transformado en interminables discusiones sobre las narrativas de los videojuegos y sus consecuencias (básicamente como vieja analógica les disputaba la idea de que tuvieran fondo) hasta que llegó Pókemon Go y entonces el centro de la charla era si la realidad virtual de los cazadores era la misma de la que en esos momentos nos entraba por la pantalla del televisor o el celular mostrándonos en vivo y en directo un golpe de Estado en Turquía o la fotografía del niño sobreviviente de la guerra en Alepo.
Mi inconformidad eterna hizo una pausa el día de mi cumpleaños. Gracias a las redes sociales, la tecnología y la complicidad de personas queridas, tuve el regalo de una celebración casi regional. Recibí videos, cartas, mensajitos, caritas, emoticones, me llamaron por wasap, por Skype y por Facebook. Y de nuevo me reconcilié con todo. Mi subjetividad había sobrevivido a los nuevos tiempos y había renacido gracias a él. Con la experiencia de la hiperconexión pude estar acompañada y mi memoria se pobló de recuerdos y vivencias, asumí mi pasado analógico y mi presente digital, anclada justo en el universo posmoderno y fragmentado de mi individualidad que quiere ser algo más con otros y que cree en las causas colectivas. Pero cuando dejé el bar en el que me encontré con amigos y amigas, volví a casa y puse en silencio el celular, de nuevo me invadió la sensación de simulacro, como si todo lo vivido en forma tan mediatizada no pudiera ser real (resabios de mi asombro anacrónico): ¿estamos en comunicación, estoy conectada, participo, decido, incido, informo, pertenezco, a qué pertenezco, soy querida, quiero?

P.D. La comunicación como objeto de consumo
Vivimos comunicación, escuchamos, leemos, comemos, respiramos comunicación. Más que nunca se ha transformado en objeto de consumo. Ya no se habla de periodismo o comunicación digital como una vía alterna a otras formas más tradicionales, ahora ya casi antiguas. La comunicación es transmediática. Llegamos al punto exacto en el que nos hemos diluido en narrativas, hipertextos e imágenes. Las diversas variaciones de nuestro “yo” se manifiestan con acento tecnológico. Y podemos ser divertidos-as en Snapchat, habladores-as en Facebook, comunicadores-as en WathsApp, egocéntricos informados-as en Twitter, nostálgicos-as y románticos-as en Instagram. Productores y consumidores parecen sentarse en el mismo asiento dando lugar a una nuevo sujeto (prosumidor lo llaman ya desde hace unos años). Cuando leo una noticia no siento que esté completa si es que no paso revista a los comentarios que lectores y usuarios dejan a la nota. Subjetividad en movimiento y transformación.
Es la vida digital que nos alcanza. El mundo en el que tenemos que aprender a vivir los que nacimos antes y los que vinieron con él; comunicadores de profesión, de oficio y amateurs. Una mercancía, un proceso, un campo de lucha, una oportunidad, un problema, un asunto que observar, investigar, digerir, usar, un camino por crear. Ahí entramos todos y todas. Me solía gustar la definición de Eduardo Vizer para comunicación cuando le atribuía la virtud de crear vínculos y sentidos. Me daba la idea de mi apuesta personal para lo que me gusta hacer. Me resta ver si aprendo a vivir en un mundo que ahora entiendo que no por virtual es menos mío. Hace rato que formo parte de él.

*Licenciada en Comunicación por la UCA y Magíster en Comunicación por la Universidad Javeriana de Colombia
**Licenciada en Comunicación por la UCA y docente de la Universidad Iberoamericana de México

 

 

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